Al rescate

Todos los días, a cada minuto, en cualquier rincón del mundo, un perro rescata a un humano. Algunos son de sirena y arnés, de primera plana y helicóptero, pero en realidad todos los perros, sin excepción, son perros de rescate.

A veces la vida se nos cae encima. Todo lo que tanto costó construir se derrumba sobre nuestras cabezas con estruendo de fin del mundo. A veces fallan los cimientos, que no eran buenos; otras sufrimos demoliciones ajenas, o propias. No es raro sufrir varios derrumbes a lo largo de una vida. Como en el cuento de los tres cerditos, mantener en pie el edificio dependerá tanto del cariño con que construyas como de los pulmones del lobo. Y por mucho empeño que pongas, la vida tiende a demoler cada cierto tiempo, a obligarte a construir de cero una y otra vez. Lo más extraño es que solemos sentir cierto descanso bajo esos cascotes: la paz del que se rinde, del que ya no grita para ser encontrado. Nos aterra volver a construir desde solares yermos y dañados, sin ilusión.

Pero cuando por fin te dejas, ellos no te dejan dejarte. Rascan febriles entre los escombros de lo que fue tu vida hasta dar contigo, con esa parte de ti que aún respira. Y tiran de ella hacia la luz sin más motivación que seguir disfrutándote, que cuidar de su manada, de su familia. Un tiempo después estás sentado en un nuevo solar, con un ladrillo en la mano, haciendo planes. Acaricias a ese amigo que siempre estuvo y te preguntas una y otra vez cómo demonios lo hizo, cómo encontró las ganas, los motivos que perdiste en aquellas ruinas.

Luego están los bosques de la angustia. Crecen enmarañando poco a poco nuestras mentes hasta cubrirlo todo con una espesa y asfixiante vegetación. Si uno no se anda con cuidado puede adentrarse en exceso en sus oscuras sendas, en caminos tramposos que no suelen llevar a ninguna parte, o al menos a ninguna en la que merezca la pena quedarse. No deja de llover y un extraño frío nace de tu pecho como una tenaza de hielo que nunca para de apretar y retorcer, que no te permite comer aunque sientas hambre. A veces ya ni siquiera recuerdas qué te llevó allí dentro, solo sabes que estás perdido. Te tumbas asustado mientras seres borrosos con rostros antiguos comienzan a rodearte. Ya no ves salida, solo final.

Y de entre las sombras aparece tu fiel amigo, olfateando empapado, iluminando oscuridades como una linterna con pelo. Te lame el miedo y las lágrimas y te guía decidido dejando que sean tus exhaustas piernas las que marquen el ritmo, lento, pero siempre rumbo al claro. Tiempo después, sentado en paz  junto a él, viendo un embriagador amanecer, le miras, y te preguntas cómo demonios pudo volver solo a ese bosque oscuro para encontrar tu sonrisa y traerla de vuelta.

También puedes meterte en problemas escalando, sobre todo si tratas de coronar “Monte Ambición”. Es un pico traicionero al que muchos quieren llegar pero del que no todos regresan enteros, ni iguales. Te obliga a ascender demasiado alto, demasiado rápido hacia cumbres que quizá nunca fueron las tuyas. Al final las fuerzas fallan, la vista se nubla, el optimismo se agota. Atrapado en medio de la nada comprendes que es más importante vivir que vencer, pero parece tarde. Desistes de coronar, pero ya no puedes descender. Para colmo, en estos casos, siempre llega un inoportuno cambio de tiempo que lo empeora todo. Un gélido manto blanco se adueña de la vida y te convence de que se acerca el final.

Pero no, en vez del final, atinas apenas a distinguir a un pequeño y valiente hombre de las nieves acercándose a ti, entre la ventisca. Él es inmune a los embrujos de esa extraña tierra; inmune al poder, a la ambición, al dinero. Así ha podido subir ligero a tu encuentro, con fuerzas de reserva para guiarte en la bajada. Lleva su propia correa en la boca y la pone, muy despacio, a tus pies. La agarras como puedes y comienzas a caminar ciego, confiando en él. A cada metro desandado notas como tus pulmones comienzan a respirar oxígeno y tu cabeza sensatez…

Observarás varias veces a lo largo del resto de tu vida esas cumbres tentadoras, pero apenas una mirada de tu amigo te recordará que la vida humilde, la llana, no es menos vida, ni peor.

Existen lugares, momentos extraños en la existencia humana de los que, muy probablemente, solo te puede rescatar un perro.


Texto y Foto: Mario del Castillo © 2019/16 Perros, gatos y retratos.
Modelo: Bingo Safe Creative code  1904100605457/1903290461522

PERRO JOVEN, GATO VIEJO

Nacemos despreocupados como cachorros de perro. Jugando el momento, descubriendo sin reglas, siempre con ganas de probar vida a mordisquitos. Confiados en que nada malo puede pasar; imitando a quien tenemos cerca; queriendo integrarnos en cada manada, agradar a cada humano. Durmiendo a pata suelta sin medida ni precaución. El miedo es quedarnos a solas con nosotros mismos apenas un momento. El pasado es ayer, el futuro aún no está, vivir es respirar.

Con los años nos vamos pareciendo más a gatos viejos. Ya gastamos muchas vidas, tantas que tenemos la uña lista, la espalda vigilada. Nos volvemos más precavidos con las novedades, más  recelosos de las intimidades. Las cicatrices nos recuerdan que algunas caricias acaban arañando. Comprobamos que lo de caer siempre de pie no es del todo cierto, que a veces calculas mal, que duele, que luego cuesta volver a saltar.

Ahora nos mostramos como realmente somos según dónde, según con quién: Solo bajamos la guardia en casa, ante los nuestros, como buenos felinos.

Nos agrada la calma, nuestro rincón favorito, la hora de la cena. Tras años de incómodas aventuras hoy la rutina es un cobijo cálido. Hace tiempo que dejamos de correr sin motivo, mejor el paso elegante y pausado de quien ya sabe a dónde va.

Ya no nos sentimos apreciados por cualquiera solo por el hecho de que nos quiera acariciar, ahora el valor propio ya no reside en afectos ajenos. Aprendemos a querernos como gatos; a apreciar la dignidad; a cuidarnos y concedernos momentos sin sentir culpa; a acicalarnos para nosotros, no para los demás; a ser independientes y disfrutar de momentos en soledad, a necesitarla en realidad.

Cuando va quedando menos, comenzamos a degustar vida como un gato exigente en vez de engullirla como un cachorro tragón. Apreciamos cosas que de perro joven no veíamos: el milagro de que el sol aparezca puntual cada mañana; el de poder tumbarnos bajo él en paz, en silencio. Valoramos seguir vivos. Agradecemos que después de tantos vaivenes de la vida… aún quede alguna por gastar.



Texto y Foto: Mario del Castillo © 2019/15-19 Perros, gatos y retratos
Modelos: Silvestre y Grek Safe Creative code  1904090597374/ 1904090595974

Litegatura

Seguro que conoces humanos que son como un libro abierto. De esos que, al poco de estar con ellos ya puedes suponer. Los gatos nunca lo son. Son libros cerrados que deciden cuando abrirse por sí mismos. Todo dependerá de tu paciencia, de tu delicadeza, de tu experiencia, de tus ganas de leerlos.

Por eso muchos creen saber sin saber que no les gustan. Su único contacto con ellos suele ser en visita fugaz, en libro ajeno, en estante extraño.

Los gatos solo se dejan leer en la intimidad, solo desvelan sus historias en la calma de sus humanos. No son libros de prestar, ni siquiera de leer fuera de casa. A ellos les gusta que todo esté siempre en su sitio: los espacios; los olores; los sonidos; los amores…

Sus bibliotecarios también veían solo portada, pero supieron dar espacio, esperar, sentir despacio.

Con el tiempo el libro, siempre curioso, empezó a ceder y, por fin, pudieron leer en calma, apreciando sutiles matices, entendiendo bien antes de pasar hoja, aceptando deslices.

Cuanto más lograban descifrar, más capítulos concedía: relatos de aventura y misterio, desenfadados o serios, elegantes y dignos, con criterio; historias de noche estrellada, de tejado y escapada, de madeja enredada, de eterna e inexplicable mirada…

Acabaron el último párrafo maravillados y al retirar despacio la vista descubrieron más abajo, sonrientes, a una preciosa y pequeña pantera acurrucada entre sus piernas calientes.

Y ya nunca pudieron imaginar un mundo sin gatos que leer.

Texto y Foto: Mario del Castillo © 2019/19 Perros, gatos y retratos
Modelo: Silvestre Safe Creative code  1903250399582/1903260419621